domingo, 4 de noviembre de 2018

Capítulo 0. Una mirada a Ansiedad

El tiempo pasa raudo, casi sin darme cuenta. Ayer podría ser cualquier día del último año, porque ninguno es muy diferente de cualquier otro. El sol, que cada vez tarda menos en irse de mi ventana, es mi única prueba de que el calendario avanza. Y esa ventana, que da a una pequeña terraza, es mi pequeño contacto con el mundo exterior.

Desde allí veo con envidia a las personas caminar por la calle. Unas rien, otras callan, otras van deprisa o despacio, acompañadas, solas, deambulando sin rumbo o con un propósito. Me gustaría ser cualquiera de ellas, simplemente por el hecho de que están donde a mi me da pánico estar.

Salir a la calle es un tormento. PENSAR en salir a la calle es un tormento. Mi corazón se desboca, mi respiración se acelera, mi estómago se encoge y me provoca náuseas, mi mente se descontrola y creo volverme loco.

Es Ansiedad. Un horrible y enorme monstruo que me tiene cautivo desde hace más de 10 años.

Aunque más de una vez le he vencido, en pequeñas batallas y grandes guerras, ahora parece haberse hecho más fuerte y grande que nunca. Me aplasta, me ahoga y no me deja moverme.


 Apareció como por casualidad una tarde en el metro, en el año 2005, quizá antes, el tiempo como ya he dicho ha dejado de tener sentido. Noté como si un punzón de hielo me atravesara el corazón y se derritiera al instante. Mientras con una mano me atenazaba el cuello, impidiendome respirar, con la otra hurgaba en mi cerebro. Y susurraba con mi propia voz: LOCURA. INFARTO. MUERTE.

Salí del metro en la siguiente estación, por suerte al aire libre, y pude calmarme, hasta cierto punto. No sabía qué me había ocurrido, pero había sido la peor sensación de mi vida. Y lo peor es que no sabía si volvería a repetirse.

Por desgracia, no había sido una visita puntual. ANSIEDAD había venido para quedarse...





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